martes, 9 de mayo de 2017

Minimalismo

martes, 9 de mayo de 2017
Corren editoriales de revistas sobre estilos de vida hablando sobre el minimalismo: páginas que nos presentan la última y nueva tendencia. Hay gente ganándose la vida con sesiones de coaching sobre minimalismo o ayudándote a tirar a la basura la mitad de la mierda que acumulas en casa. Rezan que hay que centrarse en lo imprescindible y despojarse del resto, y a colación intentan venderte su libro o te cuelan tres páginas a todo color anunciándote más ropa y más perfumes y más cremas para el caso de las revistas. Dar abrazos, comer sano y, sobre todo, poseer lo mínimo. Poseer, en realidad, es la palabra tabú del minimalismo: la nueva intolerancia de la sociedad que han diseñado para el 2017.

El minimalismo, en verdad, habla un poco de todo aquello sobre lo que trata esta web: de centrarse en lo que de verdad importa, y olvidar el resto. Lo hace con filtros de Instagram e imágenes con frases sobreimpresionadas compartidas en Facebook, pero el mensaje es consistente. Un viaje hacia el interior propagado a golpe de red social.

Guardar en un cajón la tarjeta de El Corte Inglés, los descuentos del Carrefour y apagar el puñetero móvil. Sacar del armario las docenas de camisetas, pantalones, jerseys y abrigos que hace al menos dos o tres años que no te pones. Olvidarte de los salones barrocos que Ikea te invita a reproducir en tu casa, cuando en realidad en una casa sólo deberían rebosar los libros y los amigos: el resto son siempre cosas que nos empeñamos en mantener pese a que hayan caducado.

Hay que volverse selectivo: ser capaz de discernir sobre lo que sí y lo que no. Los amigos que sí, los lugares que sí, las conversaciones que sí, las comidas que sí, las fiestas que sí, los abrazos que sí. Procurar que cada uno de los pasos que das no sean fruto de la inercia: que exista algo de consciencia y algo de intención en cada cosa que hagas. No privarte nunca del privilegio de disfrutar de aquello que te ocupa en cada momento. Conocerte un poco mejor y quererte un poco más. Evitar ahogar tus penas en los pasillos de los centros comerciales, vendiendo pedazos de tu vida a cambio de ropa de usar y tirar.

El minimalismo es la reacción a la idea que vendieron a nuestros padres de que el desarrollo, la modernidad y el progreso venían a golpe de talonario: que así como fuera de grande tu coche, tu casa o tu armario, así de grande sería tu felicidad. Idea que las generaciones posteriores nos hemos encargado de extremar hasta el punto de casi postrarnos ante el último modelo de iPhone.

martes, 10 de enero de 2017

Ni un solo propósito

martes, 10 de enero de 2017
Empieza el año y nos bombardean con los propósitos de año nuevo. Todos los años igual. Las uvas de nochevieja traen consigo toda una retahíla de buenas intenciones, de cosas que van a cambiar, de gestos, pompas y brindis al Sol. Una oportunidad para dejar de detestarnos por esas pequeñas miserias que arrastramos y escondemos del resto: por ese comer un poco más de la cuenta, por ese salir más de lo debido, por ese ver demasiado la tele, por ese olvidarnos de dar abrazos.



Al final, nos obligamos a vivir en el reproche continuo a nosotros mismos. Disfrutamos flagelándonos, escondiendo aquello que creemos está mal, no dando pábulo al exceso ni al impulso. Todo en esta vida debe estar medido, joder. Uno es bueno y dos es malo, al menos tres, siempre menos de cinco, cuatro menos sería lo ideal. Nos pasamos el día con la calculadora mental etiquetando de bueno, malo o mejorable aquello que hacemos, decimos o nos comemos.

Y el problema es que no nos paramos a pensar en cuánto lo hemos disfrutado porque el goce viene después, con la etiqueta. Somos disfrutones pero a posteriori, en falso directo que se dice ahora. Tenemos la capacidad de que el turrón que nos comimos en nochebuena nos siente mal a día siete de enero si la báscula nos abofetea entonces. Parece que vivamos comprando cachos de vida en El Corte Inglés, a crédito y con sus treinta días para devoluciones sin compromiso.

No te fustigues, ni te prometas ser algo que no eres. No te obliques a defraudarte a tí mismo. Olvídate de lo que está bien y lo que está mal: cuídate, siéntete bien y, sobre todo, disfrútate. Marcarte propósitos es sólo una forma de intentar conciliar con la sociedad, pero no tiene nada que ver contigo. Ir al gimnasio, estar más delgado, quedar más con los amigos, trabajar menos horas, leer más libros, dormir más o ir a misa los domingos no son antídoto de nada. Este año no tiene que ser mejor que el anterior, ni tú tienes que ser mejor persona ni tu cuenta del banco tiene que verse engordada. Invéntate con el año nuevo, si te apetece, pero no te difumines.

martes, 20 de diciembre de 2016

No tenemos esperanza

martes, 20 de diciembre de 2016
No es broma, se lo oía el otro día a un cura: no tenemos esperanza, y por eso vivimos en el movimiento, buscando la satisfacción en el aquí y allá, inquietos. Los curas y su jodida capacidad de hablar sin que se les entienda nada: dios es uno, cristo es dios, dios es amor... Los curas y su envidiable capacidad de mantener la distancia, de conseguir que sus palabras no toquen ni a uno sólo de los feligreses: y de pronto, se desmarca uno con las cosas claras y el lenguaje rebajado a la calle.



Decrecer. Ese es, en esencia, el mensaje del cura, ya en sus setenta largos, alejado del hipsterismo y el snobismo. Y sin embargo tan en la onda. Toda una filosofía de vida moderna, lo último de lo último, las páginas centrales de la Vogue, resumidas en diecinueve palabras, escogidas con mimo y reflexión, puestas unas detrás de las otras y ahí está: tu receta.

No tenemos esperanza. Zas! Ahí está tu miseria: vales lo que valen tus sueños, y si no los tienes, no vales nada. La esperanza es aquello que ansías, aquello que cruza tu vida y la dirige, aquello que te empuja cada día fuera de la cama. Aquello que realmente te impulsa y te alimenta en el tiempo. Esperanza no es tener un coche más potente, ni una casa más grande ni un vestido más caro: esperanza es justamente que todo eso te importe nada.

Vivimos en el movimiento. Ante la falta de objetivos más grandes, nos conformamos con objetivos más pequeños pero también más abundantes. Y peores, insustanciales. Y así nos arrastramos por la vida siempre atragantados de inconformismo y frustración. Las alegrías nos duran un suspiro, y al final se convierten en zonas de paso para la angustia que nos lleva de una a otra.

Inquietos. Nos cuesta parar. Nos han vendido la broma pesada de que la vida hay que bebérsela a grandes sorbos, que descansaremos cuando estemos muertos. Nos han convencido de que vivir deprisa es vivir mejor, y ahí es no. La verdadera sabiduría está en saber que cada cosa en esta vida tiene su tempo, y que sólo respetándolo dejamos a las cosas ser lo que son.



lunes, 12 de diciembre de 2016

No te canses de aprender

lunes, 12 de diciembre de 2016
Hace ya un año que me plantaba frente a las listas de propósitos de nuevo año. En su lugar, decía, prefiero hacer listas mirando hacia atrás: jugar a no olvidar en vez de a retarme y, muy posiblemente, rendirme antes de tiempo. Nombré la lista de las cosas buenas que me habían pasado durante el año pero obvié, y por eso ahora la traigo, la lista de las cosas que he aprendido durante el año.


Un día en el que no aprendes nada es estúpido pero se puede tolerar. Un año sin aprender nada es inaceptable. Así que desde hace varios años sobre estas fechas, busco un sitio tranquilo y voy escribiendo en mi Moleskine todo lo que he aprendido durante el año: lo importante, lo significativo, lo que realmente no quiero olvidar.

Hay que mantener la curiosidad, siempre. A veces cubrimos nuestra desgana con filosofía barata y recetas inventadas: lo que sea con tal de no mascar un libro. Tendemos a convencernos de que las cosas son como son, se hacen como se hacen y, por ende, no hay más misterio. No nos preocupa saber qué pasaba por la mente de Calígula, por qué es tan complicado llegar a Marte, qué quiere decirnos Martin Chirino con sus hierros enrevesados o, más a pie de calle, por qué nuestro compañero de trabajo no para de joder la marrana.

Nada es más excitante que descubrirse ante el abismo de lo que nos falta por aprender. Saber que ni uno sólo de los días que te restan, sean los que sean, tendrás hueco para aburrirte si de verdad no lo quieres. Pisar una biblioteca, o un museo, o ver una buena película y notar como tus pulsaciones se aceleran y te sientes abrumado, desbordado: pequeñito frente a aquel alud.

Aprender es lo que te mantendrá vivo, y en paz. Cada cosa que aprendas te ayudará a comprender un poco mejor la vida misma: conocer la causa, y no chapotear en las consecuencias. Te ayudará a empatizar con los demás, a comprender mejor tu entorno y, sobre todo, a mirar la vida con una perspectiva mucho más alargada.

No pierdas la pasión por aprender, por descubrir, por entender. Cada pequeña cosa que te rodea es un milagro en sí mismo: no te niegues la oportunidad de descubrirlos.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Madrid una y otra vez

sábado, 10 de diciembre de 2016
Madrid, y dentro de él otros tantos. Mi barrio es una mezcolanza de inmigrantes dominicanos e hijos de generaciones acomodadas: el antes y el ahora dándose de bruces día tras día. Comparto aceras con ancianos que solían saberse de buena educación y formas, jóvenes que arrastran herencias y buscavidas sempiternos. Cada paso es la vida misma.


Camino y al poco alcanzo la calle Serrano. Los edificios de ladrillo naranja y cuantas perrerías han querido sus propietarios hacerle a las fachadas se van tornando en fachadas ornamentadas, impolutas, estáticas. Las aceras dejan de tener socavones y de ser estrechas y pasan a convertirse en pistas de patinaje con carril bici adosado. La gente pasa de vestir abrigos añejos a lucir trapo sobre trapo. No se puede más nuevo, ni más caro, ni más lustroso.

Serrano te hipnotiza: es una calle perfecta de gente perfecta que habla perfecta y se comporta perfecta. Es el puto Show de Thruman. En Serrano hay dos categorías de personas: los que son de Serrano, y los que van a ver a los que son de Serrano. Los de Serrano son jodidamente perfectos: no aciertan siquiera a mancharse la camisa o el pantalón comiéndose los espaguetis con tomate del menú del día.

Sigo caminando y atravieso esa zona de nadie que es la calle Almagro: una calle que es centro pero también barrio de Salamanca, y que al final es la esencia pura de la ciudad. Pura fantasía. En Almagro te cruzas con oficinistas new age pululando en torno a los afterworks: jóvenes con ganas de comerse el mundo. Cada día, cada hora. Pero en esencia, no hay nada ahí: cada día se levanta el telón y cada día se baja.

La calle Almagro te escupe en Alonso Martínez, y al poco, estás en Bilbao. Bilbao: el comienzo. De ahí para adelante es Malasaña: la tendencia, la rebeldía, el futuro, la protesta, el arte, la ciudad más traicionera. Malasaña me apasiona porque supura vida por los cuatro costados: gente que quiere ser lo que no es, gente que quiere vivir donde no vive, gente que no se resiste a quedarse donde está. Malasaña es el sueño de la gran ciudad, la fortuna del anonimato y la bendición de la reinvención. Malasaña es el corazón de Madrid.

Y Malasaña acaba en Gran Vía: la ciudad de postal, el Madrid hipertérrito y taciturno de Antonio López. Gran Vía se lleva las fotografías y los titulares y sin embargo todos sentimos que en Gran Vía simplemente estamos de paso, que tenemos que atravesarla para llegar al Madrid de los Austrias, al Madrid más castizo y perenne. Gran Vía en sí misma no es nada más que una línea de paso.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Si algún dia me leyeras

viernes, 9 de diciembre de 2016

A veces uno trata de concentrar lo poco que sabe, lo poco que ha aprendido: un esfuerzo por separar el polvo de la paja, por destilar lo que merece permanecer. Si un día tuviera una hija, y esa hija quisiera guardarme una carta, probablemente le contaría lo siguiente:

Viaja. No te preocupes del dinero. Viaja. Tanto como puedas permitirte. Sin descanso, sin remordimientos: sólo viaja. Procura que cada vez que vayas a coger un avión algo dentro de tí te pida permanecer, estar donde ya te sientes cómoda, y oblígate entonces a tomar ese avión, o ese tren, o ese coche. No extrañes nada de lo que dejas y empápate de lo que te rodee, en cada momento en cada lugar: todo merece la pena.

No le debes nada a nadie. Sé agradecida y generosa (incluso más de la cuenta), pero no te sientas en deuda con nadie. Respira y que cada bocanada de aire sea un empacho de libertad. Siéntete así, libre: procura que nada te pertenezca, y que no pertenezcas a nada ni a nadie.

No te desmerezcas, ni dejes que te desmerezcan. Eres capaz de conseguir mucho más de lo que imaginas; nunca te pongas barreras, ni te limites, ni dejes que nadie te diga que no eres capaz. Intenta mejorar cada día.

Bebe, come, haz el amor. Salta, baila, ríe, grita. Disfruta: bébete la vida a grandes sorbos, sin remordimientos. El delito sería no hacerlo.

Pruébalo todo. Lo que te apetezca, lo que te infunda curiosidad: no dejes que te cuenten ni que elijan por tí. Prueba, cuanto más mejor, porque sólo así serás capaz de elegir lo que sí y lo que no.

Haz del arte tu mejor aliado: la pintura, el cine, la literatura, la música. Cualquier forma de expresión que haga que te emociones. Te ayudará a entenderte mejor a tí misma y a este mundo. Cobíjate en el arte cada vez que te sientas deambular.

Rodéate de los que te quieran bien: tu tiempo es si acaso tu bien más valioso. No lo malgastes con gente que no te interese. No faltes el respeto, pero tampoco pierdas tu tiempo. Procura que a tu alrededor haya gente interesante, que despierte tu curiosidad y te haga plantearte cuantas más cuestiones mejor. Sé frívola, sé vehemente, sé reflexiva. No tienes que elegir, puedes serlo todo.

Atrévete. Siempre. Si dudas entre hacerlo o no hacerlo, decirlo o no decirlo, siempre, siempre, elige la acción. En el futuro te arrepentirás sólo de lo que dejaste de hacer. El resto, serán lecciones aprendidas o batallas ganadas. A veces llevarás razón, a veces tendrás éxito, a veces te harán caso. Otras no. Lo importante es que diste el paso.

Sé fiel a tí misma. Créete.

No te preocupes demasiado. Ni por el futuro, ni por él, ni por mamá ni por papá. Por nada. Pasarán cientos de cosas y en la mayoría serás simplemente espectadora. No sufras más de lo necesario. No reprimas las lágrimas pero tampoco dejes que te inunden. No arrastres culpas, ni penas ni desconsuelos. Tuyo es tu camino.

Y con todo, te darás de hostias. Te caerás una y otra vez y otras tantas te levantarás. La vida va un poco de eso: de caer y levantarse, de apostar y ganar o perder. Te harán daño, te mentirán, tratarán de herirte. Yo, mientras pueda, estaré ahí para ayudarte, cómo sepa y hasta dónde pueda: pero tampoco me hagas demasiado caso porque yo también continuaré equivocándome hasta el último de mis días.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Navidad y no morir en el intento

jueves, 8 de diciembre de 2016
Hay tantas formas de celebrar la navidad como personas: hay navidades de polvorón y pandereta, de pinterest, de comidas y bebidas, de noches hasta que amanezca, de turrón en casa de la abuela, de pueblo, de reencuentro, de Zara Home, de perderse en alguna parte del mundo, de ver nevar desde la ventana, de compras, de convencernos de que este año será distinto al anterior. En general, la navidad acostumbra a ser tiempo de exceso y tedio, unos días incontrolables que nos llevan exhaustos a clamar por retomar la rutina y la normalidad.

Disfruto de la navidad en Madrid: las calles con luces de colores, la gente abrigada hasta la punta de la nariz, la noche que cae apenas comienza la tarde, los bares llenos de celebraciones. Disfruto del exceso y esa vaga sensación de libertad que nos da la navidad especialmente en el encorsetado mundo laboral. Reconozco quedarme embelesado con los escaparates de las tiendas escupiendo luces y canciones, animándonos a comprar sin criterio ni remordimiento: en navidad está permitido.

Me horroriza sin embargo el tedio de repetir año tras año las mismas cosas: la misma comida, la misma gente, la misma fecha, el mismo motivo. Y que cuando algo cambia te entristezca. La navidad al final se convierte en un punto de control que saca a la superficie tus miserias, tus alegrías y tus heridas: todo aquello que durante el resto del año has tratado de mantener distante u olvidar, en navidad te lo encuentras sentado a la mesa en Nochebuena. Pero sobre todo, a lo que te enfrentas en navidad es al tiempo, a su paso.

En navidad es inevitable desbordarnos y sentir que de alguna forma hemos perdido el control y la regularidad, y es ahí donde quizás debas convencerte que debes llegar. Deja de huir, de esconderte, de refugiarte, de reprimirte, de aguantarte y de todo lo que implique contención y protección: la navidad es tiempo de catarsis, de abrir heridas y de soltar lastre. Procura entonces desprenderte de todo lo que no puedes permitirte arrastrar un año más.
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