martes, 16 de junio de 2015

Mesa y vino

martes, 16 de junio de 2015
Somos disfrutones por naturaleza: hemos crecido acostumbrados a corretear entre las mesas de los restaurantes mientras nuestros padres alargaban la sobremesa entre los posos del café y los hielos deshaciéndose en el gintonic. Nos han enseñado que la alegría es exceso en torno a una mesa: que nuestros abuelos decidieron celebrar cada uno de los días en que pudieran poner un plato en ella, como obituario de aquellos otros días de hambre y pan duro.


Con la familia, los amigos o, en muchas ocasiones, hasta con desconocidos. Incluso con enemigos, quien los tenga. En torno a la mesa los problemas se relajan y la amistad se exalta: nunca has sido tan hermano ni tan amigo, ni te ha importado tan poco no llegar a fin de mes. La hospitalidad pasa por compartir el espacio en torno a ella y brindar un vaso de vino, cuidando que nunca llegue a estar vacío. Sin televisiones ni más distracciones que la de ver la propia vida pasar: buscando miradas, relajando el gesto, interrumpiendo la conversación, elevando el tono y estallando en carcajadas.

Lo excepcional de nuestra cultura es que sólo trae a la mesa lo verdaderamente importante, pese a que nos empeñemos en tener cada vez menos cosas que celebrar. No hay espacio para meriendas con la bandeja apoyada sobre las rodillas o las cenas sobre la mesa de cafe (no es una mesa lo que te obliga a perder el Don mediante posturas imposibles de espaldas arqueadas y piernas abiertas). La vida, tu vida, merece un espacio acorde a las circunstancias: mesa y vino.

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