miércoles, 29 de julio de 2015

Mi abuela

miércoles, 29 de julio de 2015
Las circunstancias de la vida, tan canalla a veces, me han permitido disfrutar sólo de una abuela, y me cuesta imaginar si acaso puede multiplicarse por cuatro un amor y una vocación tan inmensa. Mi abuela era decidida, manipuladora, cabezota, divertida, risueña, trabajadora, atrevida, perspicaz, comprensiva, luchadora y, por encima de cualquier otra cosa, inteligente. Como si cada una de las arrugas de su piel fueran lecciones aprendidas que le permitían anticiparse a los acontecimientos, intuir las penas y, de forma natural, encontrar la palabra adecuada en el momento justo.


Mi abuela, ella sí, sabía darle importancia a lo que de verdad la tenía: mantener la familia unida, y aprovechar un sábado cualquiera para convertir el día en una fiesta en torno a la mesa. Mi abuela tenía el virtuosismo de saber qué decir y qué guardar, escuchar a todos, hablar con todos y sin embargo jugar a su antojo con los mensajes. En ella se relajaban las discrepancias, se alcanzaba el consenso, se empatizaba con el contrario y, sobre todo, se redimían las penas y las preocupaciones.

Mi abuela siempre encontraba una alternativa, un no será para tanto. Sabía de qué iba la vida, y nos proveía de consuelo y esperanza continuamente. Sin apenas invertir en juicios era capaz de discriminar aquellas preocupaciones estúpidas que nos hacían correr bajo sus faldas. Le preocupaba de manera intensa que estudiara, que comiera y que me juntara con buenas compañías. Que llevara una vida ordenada y próspera, y simulaba enfadarse si no era así. Mi abuela jamás me reprochó nada: siempre me recibió con un abrazo y una sonrisa.

Mi abuela vivía rápida e intensamente: se comía la vida a bocados. Cada día subía y bajaba escaleras, salía a comprar, hablaba con los vecinos, preparaba la comida, limpiaba la casa. Cada día se quedaba dormida en el sillón y juraba no hacerlo. Sólo temía a la enfermedad, a la que tenía un miedo atroz y paralizante. Sabía que sería incapaz de enfrentarse a ella, y quizás por eso decidió marcharse como lo hacen los grandes: rápido y dejando poso.

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