lunes, 9 de noviembre de 2015

Marcharse y volver a empezar

lunes, 9 de noviembre de 2015
La casa anterior ya no nos representaba: en ella pasamos los primeros cinco años. Años en los que las novedades y las ilusiones se agolpaban cada día tras la puerta: años de descubrimientos, de sorpresas, de pequeños pasos hacia adelante. Nuestro primer sueldo, nuestro primer coche, nuestra primera cafetera. En definitiva, años en los que fuimos perdiendo la inocencia con la que aterrizamos en Madrid. En verdad nos creíamos saber tanto... y sin embargo no hemos parado de aprender.

Poco a poco la casa se nos fué quedando pequeña e incómoda: lo de fuera dejó de alimentarnos más que lo de dentro y comenzamos a suspirar por una terraza desde la que ver la vida pasar y unas estancias prendidas de luz natural. Una casa que nos acogiera al final de cada día, que nos inspirara y nos llevara de la mano hacia la siguiente etapa, sea la que sea. Una casa para llenarla de amigos, de plantas, de familia, de risas y de abrazos. Una casa para llenarla de vida, dentro y fuera.


Nos hemos mudado y apenas hemos tenido tiempo de echar la vista atrás y reflexionar sobre qué nos ha traído aquí. Casi sin darte cuenta una mañana entran en tu casa unos desconocidos y los ves vaciar tu vida caja tras caja. Y tu baño deja de ser tu baño, tu habitación deja de ser tu habitación y tu cocina deja de ser tu cocina. Mañana serán las de otros: quizás la de una pareja que acaba de aterrizar en Madrid y que aprovecharán el primer fin de semana disponible para ir a Ikea, y escribir así una nueva historia sobre los tachones de la tuya.

Mientras, nosotros todavía nos descubrimos extraños en estas paredes nuevas. De alguna forma todavía todo está vacío: las cosas no tienen su sitio, ni los espacios sus dueños ni la mesa sillas alrededor. Te das cuenta que las cajas que has arrastrado de un sitio a otro como seña de identidad, en realidad no son más que trastos innecesarios que no hacen patria ni bandera. Ahora respiras de otra manera y te inquietan otras cosas. Mucho de lo de antes ha dejado de tener sentido ahora, y poco a poco consigues vaciar la mochila.

Durante los primeros días estuvimos desubicados y aunque no hemos echado de menos apenas lo que se ha quedado atrás, es cierto que todavía nos descubrimos extraños. Sentimos que de alguna forma estamos entrando en una vida diferente, y nos asomamos intimidados a ella. Damos pasos con cuidado y sin premura: ya no tenemos las prisas ni la vehemencia de hace cinco años. Hemos aprendido a disfrutar por el camino, a comprender que la felicidad no viene por conseguir las más de las cosas lo más rápido posible, sino que la belleza en realidad se descubre en los márgenes: que no hay que vivir más rápido para vivir más.

Una casa nueva al final está ligada de forma ineludible a un proyecto de vida nuevo, fijado con antelación o no. Las casas te echan y las casas te reciben en función de lo que en ese momento tú mismo demandes. Nuesto carácter resguardado hace que todavía recelemos de lo que nos ha traído aquí, si bien en el fondo estoy convencido de que ambos gritábamos por un cambio y ahora, sin embargo, dormimos en él.

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