jueves, 26 de noviembre de 2015

Rescatando una cámara Polaroid

jueves, 26 de noviembre de 2015
Antes que Instagram existieron las cámaras Polaroid. Recuerdo que en casa de mi abuela había una, y recuerdo incluso haber posado para alguna foto. Recuerdo ver la colección de Polaroids distribuidas a lo largo y ancho de la casa: mis padres antes de que yo naciera, mis primos, los perros o mi tío tocando la guitarra. Todas eran malas fotos: oscuras, descentradas y con poca resolución, pero sin embargo recuerdo pasear entre ellas una y otra vez observándolas con detenimiento, cada vez como si fuera la primera. Aquellas polaroids estaban recubiertas de nostalgia y verdad, y siempre me hablaron del tiempo que había pasado entre aquellos pequeños trozos de vida y ahora.


Hace unos meses encontré en casa de mi abuela aquella vieja Polaroid fabricada en los años 80. Estaba impecable, guardada en su funda original y sin salir de aquel armario al menos durante los últimos veinte años. V-e-i-n-t-e años. ¿Qué cacharro de hoy en día dura veinte años? ¿Y quién tiene hoy en día la moral para guardar algo veinte años? Las cámaras Polaroid no tenían batería, sino que ésta venía integrada en los cartuchos de fotos, así que no tenía manera de comprobar si la cámara funcionaba. En cualquier caso utilicé la excusa de haberla encontrado como pretexto para indagar un poco más.

Gracias a la gente de My Vintage Shoot (que por cierto se acaban de mudar, señal de que las cosas les van bien) me puse al día y descubrí que existe todo un movimiento cultural en torno a estas cámaras (además de que mi cámara todavía seguía funcionando). Polaroid ya no fabrica cámaras instantáneas, y la última fábrica de carretes que tenía la cerró hace unos años. Pero entonces un grupo de ex-trabajadores decidió comprarla, rescatar la vieja maquinaria y ponerlo otra vez todo en funcionamiento para fabricar de nuevo cartuchos de fotografías bajo el sello de The Impossible Project (toda una declaración de intenciones). Y todo esto motivado porque todavía existe mercado para unas cámaras que treinta años después siguen funcionando.

El momento de comprar un nuevo cartucho, hacer click en la cámara y ver salir una fotografía más de veinte años después fue único. Aquella cámara que había causado furor en casa, la posibilidad de tener la foto de manera instantánea que provocaba la sorpresa y admiración de todo el mundo. De alguna forma en aquella Polaroid y aquella fotografía estaba impregnada la ingenuidad hacia la tecnología de la que venimos: tiempos sin ordenadores, ni internet, ni teléfonos móviles.

Lo bonito de las Polaroid no es -sólo- la fotografía en sí. Lo que trasciende de estas cámaras es su heroicidad al verlas escupir fotografías treinta años después, reivindicando su lugar en unos tiempos de usar y tirar. La sensación de que aquello que fotografíamos se queda entre nuestras manos, y que de alguna forma esa fotografía también está impregnada del momento y el lugar en el que fué tomada. La licencia de que lo que importa no es la fotografía en sí, de que no son los megapíxels, ni el encuadre ni el ajuste de brillos, sino el momento que hay frente a ella.

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