jueves, 18 de agosto de 2016

El mar que te conecta

jueves, 18 de agosto de 2016
Te sientas en la orilla de la playa, por la noche, cuando no hay más ruido que el cuchicheo del agua rozando delicadamente la costa: ese sonido inconfundible, tranquilo, perpetuo. Da igual en qué parte del mundo estés, el idioma que se hable en el país, la renta per cápita de sus habitantes o cualesquiera que sean los artificios que lo rodean: el sonido es el mismo. Si cierras los ojos y te limitas a escuchar, podrías estar en cualquier lugar: en la playa donde pasaste tu infancia haciendo castillos de arena o cruzando el océano Antártico a bordo del Hespérides. De alguna manera te desprendes de filias y fobias y te dejas mecer por ese sonido, agradeces reencontrarte con él, te inspira y te invita a la reflexión.



El mar tiene algo místico que nos reconforta. Su movimiento perpetuo, su calma, su ira, su línea en el horizonte. Estar en la bahía de Miyajima o en la costa del sur de Groenlandia y pensar que aquella agua, en algún momento y de alguna forma, ha podido estar también en la costa donde cada verano repites la estampa familiar. Pensar que ella, como tú, arrastra también un pasado, y que su curiosidad también la lleva a adentrarse en cualquiera que sea el rincón abierto, a veces sin saber siquiera si podrá salir.

El mar es mi niñez. Es viaje y aventura, noches de estrellas, curiosidad, respeto, soledad. El mar me ha separado y al tiempo, cada vez que he cerrado los ojos, me ha unido. Estar cerca de él me tranquiliza: acampar en una cala perdida, dormirte escuchándolo y a la mañana siguiente, al despertar, abrir la tienda y reencontrarte con él. Saber que estás allí con su consentimiento, y saber que en él también hay parte de tí que te acompaña allá donde estés.

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