sábado, 10 de diciembre de 2016

Madrid una y otra vez

sábado, 10 de diciembre de 2016
Madrid, y dentro de él otros tantos. Mi barrio es una mezcolanza de inmigrantes dominicanos e hijos de generaciones acomodadas: el antes y el ahora dándose de bruces día tras día. Comparto aceras con ancianos que solían saberse de buena educación y formas, jóvenes que arrastran herencias y buscavidas sempiternos. Cada paso es la vida misma.


Camino y al poco alcanzo la calle Serrano. Los edificios de ladrillo naranja y cuantas perrerías han querido sus propietarios hacerle a las fachadas se van tornando en fachadas ornamentadas, impolutas, estáticas. Las aceras dejan de tener socavones y de ser estrechas y pasan a convertirse en pistas de patinaje con carril bici adosado. La gente pasa de vestir abrigos añejos a lucir trapo sobre trapo. No se puede más nuevo, ni más caro, ni más lustroso.

Serrano te hipnotiza: es una calle perfecta de gente perfecta que habla perfecta y se comporta perfecta. Es el puto Show de Thruman. En Serrano hay dos categorías de personas: los que son de Serrano, y los que van a ver a los que son de Serrano. Los de Serrano son jodidamente perfectos: no aciertan siquiera a mancharse la camisa o el pantalón comiéndose los espaguetis con tomate del menú del día.

Sigo caminando y atravieso esa zona de nadie que es la calle Almagro: una calle que es centro pero también barrio de Salamanca, y que al final es la esencia pura de la ciudad. Pura fantasía. En Almagro te cruzas con oficinistas new age pululando en torno a los afterworks: jóvenes con ganas de comerse el mundo. Cada día, cada hora. Pero en esencia, no hay nada ahí: cada día se levanta el telón y cada día se baja.

La calle Almagro te escupe en Alonso Martínez, y al poco, estás en Bilbao. Bilbao: el comienzo. De ahí para adelante es Malasaña: la tendencia, la rebeldía, el futuro, la protesta, el arte, la ciudad más traicionera. Malasaña me apasiona porque supura vida por los cuatro costados: gente que quiere ser lo que no es, gente que quiere vivir donde no vive, gente que no se resiste a quedarse donde está. Malasaña es el sueño de la gran ciudad, la fortuna del anonimato y la bendición de la reinvención. Malasaña es el corazón de Madrid.

Y Malasaña acaba en Gran Vía: la ciudad de postal, el Madrid hipertérrito y taciturno de Antonio López. Gran Vía se lleva las fotografías y los titulares y sin embargo todos sentimos que en Gran Vía simplemente estamos de paso, que tenemos que atravesarla para llegar al Madrid de los Austrias, al Madrid más castizo y perenne. Gran Vía en sí misma no es nada más que una línea de paso.

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